Aun sentía el roce de sus labios contra los suyos, después de aquel momento contaba los segundos, las horas, los días, las semanas, los meses que habían pasado desde que aquello ocurrió. Quizás aquello se debiese a su falta de cariño, o quizás al hastío de su vida, quizás a una irremediable búsqueda de la inspiración a través del dolor. No lo sabía, pero seguía contando y mientras lo hacía no podía quitarse de la cabeza todas las imágenes que pasaban en aquel momento ante sus ojos, cada destello de luz, cada hoja de árbol, cada persona se hundía en su mente y nada, absolutamente nada, las sacaría de allí, hasta que otro momento, parecido al anterior la sacase de su monotonía. Porque sí, todo era monotonía en su vida, o al menos así lo sentía ella, Los mismos horarios, las mismas personas, los mismo pensamientos, las mismas conversaciones, el mismo tiempo de espera. Se paraba a pensar en si antes había tenido algún motivo para seguir, en alguna cosa que hiciese que cada día fuese diferente, pero nunca encontraba nada, no encontraba nada que le sirviese ahora. Todas las noches, abrazada a su almohada rumiaba todas sus cosas, en el fondo deseaba que alguien la escuchase, que alguien la abrazase, que alguien cambiase su mundo, pero esas cosas solo pasaban en los cuentos de hadas y ella hacía tiempo que había dejado de creer en ellos; y lloraba, todas las noches lloraba por no poder cambiar nada, era demasiado cobarde para atreverse. Y cada día volvía a amanecer, el mundo no se paraba a pensar en ella, nada ni nadie parecía hacerlo, y pese a todo, sabía que no estaba sola pero era incapaz de no sentirse así porque a fin de cuentas, no era capaz de hablar de sus problemas, no era capaz de reconocer que necesitaba ayuda, o tal vez lo reconocía pero era demasiado orgullosa para pedirla. El caso es que pasaba un día, y otro, y el siguiente y su vida seguía igual. Y ella seguía allí, esperando ver aparecer algo que la sacase de su monotonía.
El mar
Paseaba todos los días por aquel lugar, escribía cartas sin dirección, aspiraba el aire intentando adivinar su perfume. Ella, la que antes había sido su amante, su mundo, su vida, se había convertido en poco más que humo. Pero él seguía pensando en ella, seguía oyendo el roce de su vestido, su risa divertida, seguía viendo su mirada en cada espejo y, algunas veces, pasaba el tiempo mirando aquellos ojos inexistentes. Su locura le consumía, pero no quería darse cuenta, el siempre la acababa esperando allá, en el puerto, esperando algún barco, alguna ola, algún viento que la trajera de vuelta. Nunca comprendió porque le abandonó, porque se fue sin despedirse, ni un beso, ni una caricia, ni un frío adiós. No le echaba la culpa, se culpaba a sí mismo, pensaba que podía haberle dado mucho mas de lo que le dio, aunque esto no fuese verdad, culpaba a la gente, a las costumbres, a su familia y a la de ella. Pero, en fin, todo aquello quedaba ya tan lejos, su mente poco a poco iba olvidando todo, cada mirada, cada roce, cada momento juntos, todos los besos furtivos debajo de los almendros, todo. Su alma, en cambio, seguía sintiendo las mismas pasiones violentas, las mismas necesidades; en ella seguía grabado a fuego su rostro, con esos ojos negros que le hacían estremecerse, con esa sonrisa de dientes blancos y esos labios que parecían pétalos de rosa. Nunca volvería a verla pensaba cuando su cordura volvía, luego siempre se sentaba sobre su cama y veía como el fantasma de aquel amor prohibido, la sombra de pasiones que nunca volverían, se peinaba delante del espejo, y poco a poco iba cerrando los ojos hasta quedarse dormido. Pero aquel día todo cambió, se miró en el espejo y se dijo que no podía seguir así, que iría a buscarla hasta el infinito, aquel día quiso recuperar cada uno de sus momentos, así que fue a buscarla, se acercó al puerto y con el pensamiento perdido en su recuerdo, dio un paso al frente, fue a buscarla sobre las olas del mar.
Una vieja historia de piratas
Oteaba el horizonte, mientras oía al capitán dar ordenes, que si limpieza aquí, que si ordenar esas cuerdas, traedme vino, arriad las velas. Sus ojos se dirigían a cada una de esas acciones mientras volvía irremediablemente a mirar el horizonte, la tierra se iba a comiendo poco a poco el sol, los colores pasaban rápido del naranja al amarillo y de este al azul y al morado. Apenas sin darse cuenta las olas mecían la luna y el barco llegaba a tierra. Descendieron del barco a una playa de arena blanca.
Después de tanto, por fin pisaban tierra firme, miró a su alrededor y a lo lejos divisó un castillo, o más bien, lo que quedaba de él, se preguntó si era allí donde iban a llevar todo el botín, si era allí donde metían a los prisioneros para pedir rescate, si, en fin, era su fortaleza; después de todo, los castillos siempre tenían sótanos y normalmente, nadie podía encontrarlos a no ser de casualidad. Se sobresaltó al notar una mano sobre su hombro, necesitaban su ayuda. Ayudó a descargar varios de los cofres y bidones de la bodega, y siguiendo al resto del grupo, y tal y como pensaba, llevaron la carga a los sótanos.
Estaba la luna en su fase más alta, cuando sus compañeros empezaron con el ron y las canciones de piratas, se sentó en la arena y reía viéndoles bailar, pronto tendrían que volver a partir pero el capitán les permitía aquel día de descanso, porque sabía que cuanto mas contentos estaban más sangrientos se volvían. Se durmió con el arrullo del mar.
Despertó otra vez con los gritos del capitán, pero se extrañó, aquellos no eran los gritos habituales, se frotó los ojos y olió humo, el barco estaba ardiendo. Acudió a ayudar aunque ya nada podía hacerse. Todas las miradas se dirigieron hacia donde estaba, era la única persona que no había bebido, la única persona lo suficientemente entera para poder quemarlo y además nadie sabía de donde había venido ni quien era.
Se asustó, si aquellos piratas descubrían lo que verdaderamente era, si descubrían que una mujer había ayudado a robar todos aquellos botines, probablemente la matarían, o algo peor. La apresaron y la llevaron hasta el capitán, atadas sus manos con cuerdas y con una espada a punto de cortarle el cuello. La interrogaron, contó todas las mentiras que había pensado y muchas más. No la creyeron y la llevaron a los mismos sótanos donde ayer habían descargado el botín. No supo cuanto tiempo pasó desde que la encerraron hasta que la obligaron a volver a salir, pero fue el momento más largo de toda su vida.
El capitán estaba allí, esperándola, y confirmando sus peores temores, la obligaron a desnudarse. Allí acababa todo para ella, ya no había salvación posible. Gritó, se peleó pero con ello no consiguió otra cosa que cabrear más, no solo al capitán sino a la tripulación. Se desnudó. Un murmullo general y algún que otro grito de sorpresa envolvió aquella humillación.
Notó el frío acero de la espada, el calor de su sangre por el cuello, miro al horizonte una vez más, la luna seguía allí en lo alto, acunada por las olas del mar.
Las palabras más tristes jamás escritas
El amor ha muerto. La frase mas triste que he oído en mi vida y, sin embargo, la más certera. Porque a fin de cuentas los días de vino y rosas han desaparecido, las viejas historias de amor como Romeo y Julieta han desaparecido. Ya nadie trepa balcones, ni muere por amor. Nadie escribe poemas, nadie mira las estrellas y suspira. ¿Dónde ha quedado aquel tiempo? ¿ Dónde están los amores imposibles, las lágrimas derramadas en vano? ¿Dónde ha quedado todo eso? ¿En que momento hemos pasado a despreciar aquello que ha marcado tantas y tantas historias? Ya nada es igual, besos porque sí en cualquier parte, caricias sin sentimiento. Y todo pierde su sentido original, las canciones de amor ya no tienen ningún significado. Todas las historias que escuchas éuando eres pequeño, resultan ser falsas y cuando de repente descubres que lo que has añorado durante tanto tiempo no existe tu mundo se viene abajo y te preguntas ha dónde va la humanidad porque si la gente empieza a no creer en algo así, si ahora solo se buscan pasiones sin razón…realmente es muy triste. Y ¿Qué queda después de esto? Nada, un vacío total y completo, guerras, hambrunas, y nada de amor. Los pañuelos de despedida se ahogan en el polvo del recuerdo, las lagrimas se secan entre las páginas de los libros y las rosas van perdiendo poco a poco el olor y se colorean de soledad. Los amaneceres y atardeceres son solo otro paisaje mas en un cielo que nadie mira ya, y las estrellas intentan buscar su propio camino. Y si sigues siendo de aquéllos que siguen creyendo en el amor respóndete a ti mismo dónde esta, porque hace tiempo que deje de saber de él. Se fue como vino, sin decirle nada a nadie.
Siempre nos quedará la amistad
Amistad que palabra tan bonita, tan extensa y tan importante. Cuántas historias encerradas en un solo término. Cuatro años, dentro de nada cinco, hace ya que tu y yo hablamos al principio nada, y luego todo, más tarde nada otra vez y después algo y vuelta a empezar otra vez. Cuantas cosas vividas ¿eh?, cuantos errores cometidos y promesas rotas y palabras vacías, y cuántas alegrías tambien porque no todo fue malo. Hemos pasado por todo bueno y malo. Te alejé dos veces y ambas te volví a necesitar conmigo. Realmente deberías odiarme, yo me odiaría a mi misma y no se porque haces esto si por vanidad, orgullo o por pena, realmente me da igual sigues ahí y eso es lo que verdaderamente importa. Nos hemos dicho muchas cosas desde te quiero hasta que te jodan, pero pese al dolor producido y a que hay cosas que nunca se olvidan, yo quiero empezar de cero y aunque sé que nada va a ser como antes quiero intentarlo, porque es la única forma de ganar aunque también lo sea de perder. Quizás necesitaba encontrarte y no lo hice en el tiempo adecuado y todo fue mal, y ahora haya llegado el momento. Y quizás, solo quizás puede que esto no te desagrade del todo. Gracias por todo.
Mal Común
Toda su vida eran prisas, correr para ir a trabajar, turnos extras, sin vacaciones, ni un solo momento de calma. Lo único que miraba más allá de sus tablas de estadísticas era el reloj que llevaba en la muñeca, adelantado unos minutos para no llegar nunca tarde a ninguna cita de trabajo. Su vida era un caos, algunos podrían pensar que su vida era sencilla pues se resumía en su trabajo, pero no lo era. Sus relaciones personales eran nulas: sus padres no le hablaban, pues él nunca se había preocupado por ellos, los que antes él considerara sus mejores amigos habían quedado muy atrás en el pasado y las pocas mujeres de su vida habían sido el polvo de una noche. Todo aquello le consumía física y psicológicamente, el trabajo no le dejaba tener relaciones sociales y la ausencia de éstas le hacían refugiarse aun más en su trabajo; pero cada día que pasaba sentía desfallecer sus fuerzas y tras varios desmayos continuos su jefe le obligó a acudir al médico, su diagnóstico: nulidad emocional, también llamado mal común. Porque sí, es un mal común, en la sociedad actual los niños no son criados por sus padres, que demasiado ocupados con su trabajo y ganar dinero dejan la educación en manos de los abuelos y se pierden las cosas más importantes de la infancia, se tienen más comidas de trabajo que con amigos y nos preocupa más encontrar trabajo que el amor. Lejos han quedado los días donde escuchábamos a nuestros semejantes y más lejos aún cuando nos molestábamos en escucharnos a nosotros mismos. Hemos perdido el rumbo, si es que alguna vez lo tuvimos, y a eso le llaman, le llamamos progreso. Puen bien, yo te invito a volver a la Edad de Piedra, te invito a escuchar a la naturaleza y a centrarte en lo que realmente importa porque ganar dinero no te puede hacer feliz, no es una forma de vivir; disfrutar de los pequeños momentos, de los grandes placeres de la vida sí que lo hace. Carpe Diem
Siempre en su mente
Estaba sentada en aquel banco verde cuando te vio entrar, no la miraste, ella tampoco esperaba que lo hicieses. Y sin embargo seguía allí sentada, esperando alguna señal por tu parte, pero tu no quisiste darte cuenta de nada, para variar pasaste de todo, mirasta tus notas y, sin mirar atrás, atravesaste esas puertas blancas que marcaban el final de aquella historia. Las lágrimas empezaron a humedecer sus mejillas mientras veía que todo aquello por lo que había luchado se alejaba sin mirarla siquiera. Después de todo, tanto esfuerzo no había merecido la pena y después de demorar lo más posible el tener que olvidar tu silueta, se marchó.
Pasaron los años, y aunque tuvo muchos amantes, no pasaron de ahí, tu recuerdo inundaba su mente, ella solo quería besar tus labios, que vuestros cuerpos se quemasen juntos y que cada noche el mundo fuese de los dos. Y en sus sueños así era, pero el caso es que lo único que veía por la noche era una botella de vodka esperándola en la mesa del comedor. Nadie a quien contarle todo lo que le había pasado, nadie con quien cocinar o a quien hacer cosquillas. Tu no estabas con ella, solo había sombra. Y en ella se hundió, se rodeó de malas compañías drogas, alcohol…su propia vida le daba igual porque se había quedado sin corazón. Murió sin saber que la querías, y que pese a que te alejaste, nunca dejaste de pensar en ella, que tu vida también fue un desastre pero tu eras demasiado buen actor como para dejar que nada se te notase, demasiado indiferente.
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